Formador de sacerdotes

(Tomado de "Rafael García Herreros, una vida y una obra", por P. Diego Jaramillo)

San Juan Eudes considera a los presbíteros como los órganos más delicados del Cuerpo Místico de Cristo: la boca, los ojos, los oídos, las manos. Según él, la formación de los sacerdotes es la más divina de las obras divinas y la continuación del trabajo que Jesús mismo realizó en la tierra con sus discípulos. Por eso pidió a sus hijos, los eudistas, que dedicaran a esta obra un cuidado especial.

A esta tarea de formar sacerdotes consagró Rafael García Herreros los 20 primeros años de su ministerio sacerdotal (1934-1954), con la excepción del tiempo que reservó para sus estudios en Roma y en Friburgo (1950-1951).

Varios seminarios contaron al padre García Herreros en la nómina de sus profesores: Santa Rosa de Osos (1934-1935), Jericó (1936-1938), Mérida, Venezuela (1939), Pamplona (1939- 1941), Cartage­na y Usaquén (1942), San José de Miranda (1943-1945), Cartagena (1946- 1950) y Cali (1952-1954).

El recuerdo de la acción del padre García Herreros en esos claus­tros se conserva en los numerosos cuentos que escribió durante este período: en ellos relató vivencias, expresó ideas y planteó inquietu­des. De sus escritos se desprende que Rafael García Herreros consi­deró a los sacerdotes primordialmente como pastores de almas y no como jefes políticos, constructores de obras materiales, ideólogos o burócratas. En consecuencia, la educación del clero habría de orien­tarse a la búsqueda de Dios, al encuentro con Jesús, al aprendizaje de la oración. Por eso, todo formador de sacerdotes debería ser un ami­go íntimo y un fervoroso amante de Jesucristo. Esta visión se fue profundizando y delineando más y más en el padre Rafael.

Para los aspirantes al sacerdocio, Rafael García Herreros pedía elementales seguridades: él soñaba con que perteneciesen a familias tradicionalmente cristianas, que hubieran brillado por la integridad de su fe y de sus costumbres desde dos o tres generaciones atrás. Sólo sobre esa base sólida, pensaba él, sería posible construir el edificio espiritual, humanista y social, requerido por el pueblo cristiano.

Un medio empleado por el padre García Herreros para formar a sus alumnos y para compartir sus ideas a los estudiantes de muchos seminarios del país, a través de las publicaciones impresas, fue el de escribir cada mes un cuento. [...]

Otro camino empleado por el eudista cucuteño en la educación espiritual de sus alumnos fue el de orientarlos en la meditación matinal. Cada día tomaba el padre García Herreros, sobre todo durante su permanencia en la Escuela Apostólica de San José de Miranda, un aspecto de la vida de Cristo y lo proponía a sus alumnos, invitándo­los a identificarse con Jesús y a tomar resoluciones humildes, que habrían de colocar en las manos de la Virgen, para asegurar su cumpli­miento y eficacia.

El método empleado en esta plática matinal, de acuerdo con los postulados de la escuela de espiritualidad llamada “francesa”, consis­tía en presentar a Jesús ante los ojos de sus oyentes, para adorarlo, admirarlo, amarlo, alabarlo y darle gracias, alegrándose y participan­do con Él en sus luchas y victorias, en sus alegrías y dolores. Atraer a Jesús hasta el corazón, para que, a la luz del Señor, el joven exami­nase su conducta, invocase perdón y se revistiese de los sentimientos de Jesús para todas las actividades del día. [...]

Otro método de formación espiritual, de mayor solemnidad que la meditación matinal, fue el de la proclamación de la Palabra de Dios, por la predicación y los panegíricos. En esa época, antecesora del Concilio Vaticano II, no se había descubierto aún el valor de la homi­lía y solo en las grandes solemnidades se reservaba durante la misa un tiempo para el sermón. Este tenía con frecuencia un tono de exhorta­ción y regaño, de tal manera que el verbo “sermonear” tiene resonan­cias negativas. También las tuvo la palabra “homilía”. En efecto, a pesar de que etimológicamente significa “conversación familiar” y de que la liturgia la propone como una explicación sencilla dada por un pastor de almas a su rebaño, acerca de la Palabra de Dios que se ha proclamado en la celebración sagrada, sin embargo el diccionario Larousse, la enciclopedia Sopena y la Espasa, registran la voz homilía como equivalente a una plática pesada y enfadosa, recargada de moralidades.

En las crónicas que la revista Los Sagrados Corazones publicó acerca de las actividades vividas en los seminarios orientados por los padres eudistas, en la época a que aludimos (1934-1954), se habla de frecuentes predicaciones de Rafael García Herreros. Uno de sus temas preferidos era hablar del sacerdocio de Cristo, sobre el que había coleccionado, en un cuaderno, muchas citas de la doctrina de los santos Padres y las había precedido por la siguiente frase, revela­dora de su inquietud espiritual y del motivo de su esfuerzo: “Jesús mío, sacerdote y hostia, te ofrezco este humilde traba­jo de coleccionador, por amor tuyo, y para agradecerte el infinito, eterno, inmenso beneficio de mi sacerdocio, que es una participación del tuyo. Dame valor para llegar al fin”. [...]

Rafael García Herreros, que con tanto gusto había estudiado las lenguas clásicas, quiso, con igual pasión, enseñarlas a sus discípulos. Al respecto publicó de 1938 a 1942 en la revista “Los Sagrados Cora­zones” una sección titulada: “La Página del Joven Humanista”, en la que proponía textos en latín, griego y hebreo para que los tradujesen los seminaristas de todo el país. [...]

La enseñanza del griego también entusiasmó al profesor. Con sus discípulos de Cartagena abocó la traducción de Edipo Rey, de Sófo­cles, del Manual de Epicteto, de los Sermones de san Juan Crisóstomo y de algunas páginas de Luciano de Samosata, que publicó en edición mimeografiada.