Advocación al hombre – 1973

¡Tú eres una belleza, oh hombre! ¡Tus ojos son el espejo donde se refleja un lejano paisaje! Tus oídos son el caracol donde se transforman los ruidos y se convierten en símbolos y en palabras. Tu boca es capaz de hablar lo más tierno, lo más profundo, lo más sutil. Tus manos son increíbles.

Los griegos decían: “El hombre por las manos”. Tus manos embellecen al mundo. ¡Todas las ciudades, todos los museos, todos los caminos, todos los sembrados, todas las músicas, todas las máquinas fueron hechas por tus manos portentosas, oh hombre! Y tu inteligencia… Ella ha llenado la historia de poemas, de fórmulas matemáticas, de ciencias, de esculturas, de civilización.

¡Yo te amo, te honro y casi te adoro! Te amo en tu belleza, en tu cuerpo y en tu alma; en tus pensamientos y en tus deseos; en tus ambiciones y en tus nostalgias; en tus triunfos y en tus derrotas.

¡Eres maravilloso, oh hombre! ¡Eres capaz del heroísmo, del amor, de la abnegación, de todo lo extraordinario! ¡Yo te amo, oh hombre, polvo sublime! Oh hombre bello y magnífico. Yo sé que tú eres poco inferior a los ángeles, que estás coronado de gloria y majestad. Eres signo de Dios. Eres la teofanía, más que el mar, más que el universo; eres tú, pequeño hombre, la presencia, la verdadera figura de Dios en la Tierra.

Tú no sólo eres la medida de todo, sino el ideal de todo. En tu historia, hay uno maravilloso, uno absolutamente divino, que inmensificó tu raza, tu aspecto, tu forma humana: ¡Fue Jesucristo! Yo pienso que no fue indigno de Dios el querer hacerse hombre. Tomar nuestra medida, conocer nuestra interioridad y querer sublimarnos casi a lo divino con su presencia entre nosotros.

Yo quiero decirte, hombre, que he descubierto que el secreto para ser feliz es amarte. Y quisiera contarlo a todos. Y quisiera consagrar mi vida a tu servicio.

Tú me has envuelto en el mismo y único amor de Dios. “Amarás al Señor, tu Dios, y a tu hermano el hombre”. Este es el mandato.

Cuando estoy junto a ti, sé que estoy cerca de Dios. Todo cuanto hago por ti, hombre, lo hago por el eterno, por el infinito que es Dios. Cuando te amo, estoy auténticamente amando a Dios. Porque la expresión más auténtica de nuestro amor a Dios es nuestro amor al hombre.

¡Hombre! Hace mucho tiempo estoy cerca de ti y apenas ahora comprendo lo que tú eres. Nunca he mirado bien a tus ojos. Nunca he escuchado atentamente tus palabras. Nunca he pensado en lo que eres capaz.

¡De mis labios no debe salir la palabra que te hiera, hombre! De mi inteligencia no debe brotar el pensamiento hostil a ti, que intente poner trabas en tu camino, en tu destino. En mi corazón, no guardaré resentimiento para ti, hombre. Quiero aprender a apreciarte, a honrarte, a ayudarte.

Quiero aprender a mirarte no con indiferencia, no con desvío, no con envidia ni con disgustos, sino apasionadamente, con un amor que raye en adoración.

Sólo tú, hombre, eres la solución de mi agonía. Quiero hacer de la vida un acto de amor a ti. Quiero servirte, quiero consagrarme a tu bien, a tu mejoramiento, a tu transformación.

Trabajaré con delirio. No descansaré, hasta verte como lo mereces; hasta cambiar la estructura de la ciudad en favor tuyo, hasta hacer la ciudad humana.

Sé que es necesario abrirte, anchas, las puertas del mundo. Que todo te pertenece. Que no deben estar cerrados para ti los portones del progreso y del bienestar.

¡Oh hombre! ¡Oh campesino! ¡Oh trabajador! ¡Oh técnico! ¡Oh artista! ¡Oh caminante! ¡Oh luchador! Yo sé que hay que hacer una revolución en favor tuyo, pero sin derramar una gota de sangre; una revolución con ciencia, con energía, con amor.

Siento, hombre, la justicia de una revolución en tu favor. Miro con pesadumbre tus sufrimientos, tu pobreza, tu soledad. Quisiera que cambiara el mundo para ti.

Hombre, hermano mío: tú no debes vivir en una choza. Debes lograr el rango que te pertenece. No puedes carecer de lo que otros tienen en abundancia. No puedes seguir sollozando por mi culpa, ni seguir viviendo pobre y en harapos. Tú no puedes ser eternamente marginado.

Yo sé que dentro de algún tiempo se habrán resuelto casi todos los problemas que te angustian. Pero cuando todo se haya resuelto, cuando ya no seamos un país subdesarrollado, cuando florezcan todos nuestros campos, cuando todos los niños estudien, cuando todos los jóvenes vayan a las universidades, cuando todo ese bello futuro llegue a ser presente, quedarás tú, solitario e inconforme, hombre, con toda tu belleza, con toda tu soledad, con toda tu gloria. Siempre quedarás con tu propio misterio, añadido al misterio de tu origen y de tu fin.


«El Banquete del Millón». Rafael García Herreros,
Colección Obras Completas, No. 21, Corp. Centro Carismático Minuto de Dios, Bogotá, 2010.

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