Cuando tú seas sacerdote, mi querido joven

Óyeme lo que te voy a decir...

Cuando seas sacerdote, tú irás a los pobres, irás a las casitas pequeñas y humildes de los pobres, y allí te sentarás en la silla desvencijada de la sala que sirve de cocina y de comedor... y conversarás con ellos.

No les llevarás nada... les llevarás simplemente amor... Ellos necesitan sacerdotes que los quieran.

No te sientes en los salones lujosos de los ricos. Allí no hay nada que hacer, la conversación es aburrida y monótona. Mientras que en la casita de los pobres, es una delicia sentarse mientras traquetean las sillas desvencijadas.

Si te ofrecen un pedazo de yuca, cómelo, que sabe muy sabroso la yuca de los pobres.

Ayúdalos a resolver sus problemas, el problema de la escuela de sus hijos y el puesto del papá.

Si tienes dinero, gástalo con ellos, mejórales la casa; tú mismo ayúdales a pintar el rancho. Y si no tienen ollas, tú mismo cómpraselas en la plaza, el domingo del mercado.

Mientras seas joven, ve a jugar con los muchachos del pueblo al tierrero de la plaza. No te dé pena estar con los hijos de los pobres.

En tu iglesita, te cuidarás especialmente de dos cosas: del sagrario y del bautisterio. El sagrario tendrá siempre flores frescas, que tú mismo cultivarás en la casa cural... Y, sobretodo, tendrá el amor tuyo, tus cuitas ante Cristo.

Todos los días vendrás a conversar con el Señor. Le dirás tus cosas íntimas, tus luchas, tus derrotas, tu soledad, tu amor. Le preguntarás los métodos que debes seguir. Después comprenderás todo esto.

Harás que todos sigan la misa y la ofrezcan contigo. Les enseñarás a cantar a todos tus feligreses. No es difícil, y es el camino de reconstruir la parroquia cristiana.

Que la eucaristía que tú celebres sea siempre realizada en la fuerza del Espíritu Santo. Él es quien santifica el pan y el vino y los convierte en cuerpo de Jesús. Él es quien une a los cristianos en un solo cuerpo: la Iglesia de Cristo (1 Cor 12). Él es quien da gozo, como dice Pablo (cf 1 Tes 1, 6; Rom 14, 17; 15, 13). Por eso tus celebraciones deben ser verdaderas fiestas, con la alegría del Espíritu Santo.

Cuando tú seas sacerdote, tendrás tu buen potro o tu buena motocicleta, tu buen jeep y no te quedarás como un ratón de sacristía... La parroquia te debe conocer, te debe ver por todas las veredas, conversando con los humildes y resolviendo todos los problemas.

Llena tu parroquia con grupos de oración. Que todos los fieles confiados a ti tengan la Biblia y que la lean, que se reúnan para alabar y dar gracias al Señor; que se entreguen todos personalmente a Jesucristo.

Llevarás cuenta de todos los muchachos que van a las escuelas... y de los que no van... y de todas las penas de tus feligreses.

No sabes lo sabroso, lo bello que es ser sacerdote... No supones las posibilidades de bien que trae serlo...

¡Pero ser un sacerdote pobre...! Pobre en dinero... El día que seas rico será una desgracia para ti. Porque significa que habrá muchos pobres no socorridos, muchos pobres abandonados...

Y debes ser rico también… rico en alegría, rico en entusiasmo.

No te imaginas lo que te espera... Un campo maravilloso, mucho más interesante que el de tu compañero de bachillerato, que está estudiando medicina o abogacía o ingeniería.

Pero, eso sí, con la condición de que seas un sacerdote integral... y que te gusten los pobres y los humildes; con la condición de que te guste Jesucristo... 


(Libro: García Herreros, Rafael, "Sacerdotes de Jesucristo",
Colección Obras Completas No. 28, Centro Carismático Minuto de Dios, Bogotá, 2012)