Nadie tan bello y maravilloso

Quiero decir a ustedes una cosa sencilla, simple, repetida; sin embargo, inmensa. Quiero decirles una cosa que ya me han oído muchas veces. Sin embargo, es perfectamente nueva. Es algo que tiene muchos años de oírse en el mundo. Yo quiero decir a ustedes que no hay nada ni nadie en la vida ni en el mundo ni en el universo, tan bello, tan maravilloso, tan plenificante como Jesucristo.

Todo lo demás es secundario. Aun lo que tenemos como muy importante. Aun lo que nos acapara la mayor parte de nuestra actividad y de nuestra vida. Todo lo demás es secundario al lado de Jesucristo.

Ni la política ni la economía ni la cultura ni aun una cosa tan bella y tan maravillosa que a todos nos afecta: el amor. Nada es comparable a Él. Todo es secundario ante la inmensidad, ante la belleza, ante la infinitud de Jesucristo.

Yo quiero invitarlos a ustedes a lo que creo es lo definitivo: a aceptarlo, a entregarse a Él y a rendirle hasta lo más íntimo de su ser.

Uno vuelve la mirada a todo el mundo. Vuelve la mirada hacia las estrellas lejanas y aterradoras. Vuelve la mirada hacia la historia. Vuelve la mirada hacia el arte, hacia el amor, que es realmente algo precioso que hay en el universo. Sin embargo, no hay nada con lo que se pueda comparar Jesucristo.

Si ustedes no han descubierto a Jesucristo, les falta lo más bello y primordial de la vida. No estoy subestimando nada de lo humano, no estoy despreciando la cultura ni la técnica ni la política ni la economía ni la estética ni nada de lo que contribuye a la construcción de la ciudad. Pero les estoy diciendo algo que es lo más profundo: Jesucristo.

Cuando todo desaparezca, cuando todas las torres que edifican los hombres estén por el suelo asoladas y calcinadas, vueltas cenizas y retorcidas; y cuando todos los libros que escriben los hombres estén arrumados sin que nadie los lea; cuando todas las melodías que ensayan los hombres se hayan silenciado; cuando todas las beldades estén yertas en los cementerios del mundo; cuando todo lo que significa para nosotros la totalidad de la vida, que es el amor, haya desaparecido, Jesucristo, entonces, aparecerá inmenso, precioso, rutilante, en el universo y estará atrayendo para siempre nuestra mirada y estará demostrando que Él era, en verdad, el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el lucero de la mañana. El maravilloso, el verdadero, el pacificante.

Yo quiero decirles una cosa sencilla, nueva y eterna: que amemos profundamente a Jesucristo; que nos rindamos a Él y que leamos diariamente su evangelio, que lo sigamos estrictamente; que tomemos en serio su mandato, su mensaje. Él va a venir y va a juzgar al hombre de acuerdo con su amor.

Dice Pablo que no se puede poner otro fundamento que el que ha sido puesto: Jesucristo. Que unos ponen por fundamento el oro; otros, la plata; otros, las piedras preciosas; otros, madera; otros, heno; otros, hojarasca. Pero no hay sino un solo verdadero fundamento de la vida, que es Jesucristo (cf 1 Cor 3, 11-13).

En este momento, al terminar de leer esta página, tengo una inquietud: que se borre de la memoria de ustedes lo que les he dicho y que mi palabra se apague, como se pasa la hoja. ¿Quedará en su corazón algo realmente importante, que signifique un abrirse absolutamente a Cristo, rendirse totalmente a Él?

Quién era Jesús para el Padre Rafael